Profesor: Eduardo Méndez Gómez-arevalillo
3º ESO - Aula: 3ºA
Microrrelato:
Eran días lóbregos para los animales de la granja solariega. Hacía mucho que se dejó a un lado la igualdad, abatida por Napoleón, un hombre que antes fue un cerdo, al igual que todos los que sometían a los animales. Aquellos tiempos lejanos de equidad solo eran anhelos imposibles.
Los hombres de otras haciendas, que en un pasado habían sido odiados, ahora eran aliados, y un día se pudo ver a Napoleón junto a otro granjero, el señor Pilkington.
Napoleón había ganado cierta reputación entre las granjas, desde que colaboró con la derrota de Frederick, un granjero que planeó dominar la región, exterminando a los animales menos capacitados. Y es que la ayuda de Napoleón contribuyó incluso a que se olvidaran las sangrías cometidas en su territorio.
No se habían reunido para festejar la victoria, el tema a tratar era de gran calibre. Planeaban dividir el antiguo gallinero favorito de Frederick entre ambas granjas, de manera que pudieran controlar el que fuera el epicentro de la contienda iniciada por Frederick.
El acuerdo acabó con un afectuoso apretón de manos entre los dos. Una mano ancha, que cualquiera podría haber comparado con una pezuña, y una escueta mano.
Fue un gran inicio, pero no sirvió de mucho. Las gallinas, cansadas del acoso de los perros y de la presión, pasaban de un lado del gallinero a otro. Cosa que Napoleón no quería, no fueran a adquirir la ideología opuesta. Por lo que Napoleón tuvo la idea, cruel pero efectiva, de construir algo que dividiría las dos mitades, custodiado por los perros de Napoleón. Algo que nadie podría atravesar. Un muro que pasaría a la historia.
Mientras tanto, en la granja solariega, integrada entre las demás, los animales, que nunca habían experimentado la verdadera felicidad, se preguntaban qué sería de ellos en el futuro.
Obra de referencia:
Rebelión en la Granja de George Orwell