Profesor: Carmen Romero Morollón
1º BACHILLERATO - Aula: 1º BACHILLERATO
Microrrelato:
Los martes no envejecen
Yo no envejezco, pero los observo hacerlo.
Estoy colgado en una pared desde antes de que el hombre de la silla empezara a despedirse del mundo. Cada martes, a la misma hora, mi segundero anuncia la visita: tic, el alumno, tac, el maestro. Nunca llegan tarde, eso ya los define.
Al principio, el maestro hablaba deprisa, como si las palabras temieran quedarse atrás. Sus manos se movían con libertad y su voz ocupaba toda la habitación, rebotando contra los muebles. El otro escuchaba en silencio, inclinado hacia delante, como si aprender fuera una forma de respeto.
Con el tiempo, el cuerpo comenzó a rendirse. No yo, que solo cuento minutos, sino ese tiempo invisible que se instala en los músculos y los apaga. El maestro habló menos, pero cada frase se volvió más precisa, más necesaria. Yo marcaba las horas, ellos las llenaban de sentido. Nadie me había enseñado que eso era posible. A veces el alumno miraba alrededor, consciente de que aquella habitación estaba enseñándole tanto como el propio maestro.
Un martes, el maestro lloró. No por miedo, sino por amor. El silencio duró diecisiete segundos exactos. En ese intervalo, el alumno comprendió que vivir no es acumular logros, sino aprender a soltar sin huir. Yo seguí avanzando, indiferente, aunque algo en la habitación se quedó quieto.
Cuando el maestro ya no pudo hablar, el alumno habló por los dos. Yo continué marcando la hora, pero entendí demasiado tarde que aquellos martes no servían para medir el tiempo, sino para detenerlo.
Ahora la habitación está vacía. Sigo colgado, marcando días que ya no importan. Pero cada martes, a la misma hora, mi segundero duda un instante. Como si incluso yo hubiera aprendido que no todo lo valioso avanza hacia delante.
Obra de referencia:
Martes con mi viejo profesor