Profesor: Alberto Guerra Obispo
1º ESO - Aula: Grado 7
Microrrelato:
En un pueblo lejano cuyo nombre no quiero revelar vivía Onesíforo, un ser solitario al que todos consideraban extraño. No se juntaba con nadie, porque prefería explorar y pensar por sí mismo. Era inteligente, curioso e independiente; le encantaba pasear y estar pendiente de cualquier anomalía. En la ladera de la montaña, alrededor del pueblo, se alzaban varios molinos de viento: algunos tenían las aspas rotas, otros estaban cubiertos de musgo y grietas que mostraban su antigüedad. Para la gente, eran solo ruinas sin importancia, pero también veían a Onesíforo como alguien raro, distinto y difícil de comprender.
Un día de mucho viento, Onesíforo despertó con el rugido de los molinos al amanecer. Para los demás, aquel sonido era algo corriente, como el chirrido de una puerta, pero para él eran gigantes malvados con piel repugnante cubierta de hongos. Asustado, salió corriendo en pijama hacia el monte. Al llegar, gritó frente a los supuestos monstruos, pero el miedo pudo con él y decidió regresar al pueblo para advertir a todos. Sin embargo, nadie le creyó: algunos se rieron y otros sintieron lástima, pensando que todo era producto de su imaginación.
Esa noche, decidido a demostrar la verdad, volvió con una antorcha encendida. El viento hacía girar las aspas como brazos y la madera crujía como si susurrara. Tembloroso, avanzaba paso a paso, pero tropezó con una roca. Al caer la luz iluminó un molino cercano, fue ahí cuando comprendió que no eran monstruos, sino madera vieja y musgo. Se levantó despacio, sintiendo que el miedo desaparecía poco a poco, aunque en el fondo de su corazón quedaba una duda: quizá no era que unos u otros estuvieran equivocados, sino que él veía el mundo de forma distinta, y, tal vez, existían peligros que solo él podía imaginar.
Obra de referencia:
Miguel de Cervantes y su celebérrimo Don Quijote de la Mancha.