Profesor: María Luisa Ocaña Rodríguez
4º ESO - Aula: E4B-LCL
Microrrelato:
Las viejas del pueblo tenían razón al afirmar que la mala hierba nunca muere. La mala hierba, al contrario, suele extenderse por todo el jardín y subirse a las paredes de la casa. Suele asomarse a las ventanas con curiosidad, avanzan por las habitaciones sigilosamente, temiendo que estén habitadas y abren los oídos a todas las confidencias que susurran los santos debajo de las camas.
Los santos de aquella casa, inundada en la tormenta verde, llevaban mucho tiempo sin oír de nadie, por lo que cada noche se reunían en algún colchón roído para contar de nuevo los secretos que ya todos conocían. Se hacían, sin embargo, los sorprendidos, con tal de no perder las ganas de hablar del pasado.
Recordaban las historias de su casa, de cuando la hierba alta se podaba. Recordaban al engendro que las podó por primera vez y a las cuatro generaciones de mujeres que podaron después de él: a la madre envenenada que escondió el mal en la pared, a la niña que fue ciega y les habló hasta que dejó de serlo, a la paloma que escapó de su jaula, sin saber que estaba dentro de una más grande y a la nieta que quedó para alimentar la tierra.
Las recordaban después de tantos años, pues su historia aún estaba dibujada en las paredes y su odio carcomía todavía los suelos y las estanterías. Las recordaban por sus gemidos y caricias, sus alumbramientos y asesinatos, su lucha y abandono.
La tierra seguía con el odio de aquellos tiempos en el vientre. Dejaba que brotara de su superficie rota, para que fuera a buscar a los ángeles, pero en la casa, a la maleza se la comía la carcoma, mientras los santos bailaban entre las sábanas de una cama maldita: el abandonado atrezo de una historia ya acabada.
Obra de referencia:
Hemos leído en clase la novela Carcoma, de Layla Martínez